domingo, julio 5

El cinturón

Para mi papá, el cinturón es importante. A mi no me lo parece tanto. No estoy seguro si sea mera rebeldía. Tal vez es la época en la que a cada uno nos ha tocado vivir. Mi abuelo, los tirantes; mi papá, el cinturón; yo, los pantalones ¨cargo¨ con listones ajustables.

Los cinturones ostentan poder, desde los que llevan hebillas con forma de AK-47, incrustadas con diamantes, hasta los del Consejo Mundial de Boxeo o de la triple A. Los tirantes los llevaba Chaplin en alguna de sus películas; también el Gordo y el Flaco, ¿no? Sin embargo, ¿quién chingados lleva hoy pantalones que no usen cinturón? Yo, entre otros.

Hay veces que el uso de un cinturón, combinable con los zapatos, es imprescindible. Así fue el día de mi boda. Rehusé el traje de pingüino pero algo decente tenía que vestir, aun cuando Dios no sería el juez principal. No compraría uno. No compré ninguno. Fue mi papá el que me lo obsequió, de esos doble vista, café por un lado, negro por el otro. De veras que son ingeniosos esos cabrones que hacen los cinturones.

Usé el cinturón por unas cuantas horas. Después de los tacos de cabeza y el pozole, tuve que desandar un botón, retraer un agujero el cinto que ya iba debajo de la barriga. Ya al final de la noche lo mandé a la chingada.

Todavía conservo el cinturón que me regaló mi papá. He tenido una que otra oportunidad de usarlo, sobre todo cuando fue necesario personificar a un adulto responsable, de esos que usan pantalones claros, camisa Nautica, zapatos marrones bien boleados y cinturón discreto pero elegante. También loción Channel Egoiste Platinum, como no. 

Hoy no llevo cinturón. Voy de pants a todos lados: de la cocina, a la tele, al escritorio, al baño. Y así sucesivamente hasta que el domingo ya no pueda seguir cargándome.    

sábado, julio 4

Parafernalia

Yo quiero ver a Dios viva, no muerta, dice la actriz principal de una de las películas de Subiela. Ver el universo entero en un grano de arena, dice  --creo,  lo supongo, o lo invento-- uno de los poemas de Blake. Yo no lo se de cierto... dice, decía, el chiapaneco, en voz alta, en Bellas Artes. Yo busco el momento. Lo cabrón de la búsqueda es que si sigues en ella, nomás no encuentras. Me explico: si estas en el momento, no lo ves porque lo vives; si lo ves es porque ya no existe, o vive pero fuera de ti. No, no le he chupado la panza a ninguna rana y tampoco creo querer hacerlo. Lo que me hace cabilar es el proceso en el que me encuentro. La puta tesis. Ya parece una condena en una isla, Malvinas, Marías, Alcatráz, Australia, da lo mismo.
Interludio. Yo no le creía a Pablo --aunque ya no se como ahora se llame-- cuando me contaba sobre la escritura perfecta, la de una frase, un punto. Así. Corto. Justo como el escritor catalán ese, del que estoy seguro guarda sus libros, libros cuidados, cuidadísimos. Hasta nos burlamos algún día M y yo sobre cómo parecía que nunca los había leído. Yo creo que si lo hizo. Los leyó. Luego compró otros, sin leer, para tenerlos. Volvamos.
El momento no es nada más que la vida. O sea, la mayoría vive sin darse cuenta. Allí es cuando en verdad están presentes. Al contemplar el presente me desdoblo en otro tiempo. Vaya parafernalia. No se por qué lo digo, pero lo escribo. La ceremonia: la de la vida. Sepa Dios.

Muñequeo

Hoy decidí romper las reglas del urbanismo y buenas costumbres, de las niñas bien y de los caballeros decentes. Hoy me levanté al mediodía, evité a cualquier costo bañarme, aunque la cabeza me picaba --aunque si me razuré, no sé que me ha dado últimamente por andar bien afeitado. Me preparé unos huevos con machaca, y me hice un par de burritos con tortilla de harina. Frijolitos negros. A medio calentar en el micro-ondas, también. El taco era tan gordo que sus contenidos se despilfarraban. O sea, los granitos de frijol, los jitomates cortados en trozos, la cebollita, el chilito y la machaca de res. Ya en el plato, la vista los contempló y se dijo, o me dijo o se dijeron la vista y mi mente: ¿y ahora qué hacemos con los trozitos? Pues aplícale el muñequeo, en honor a mi compadre. Y asi lo hice. No fueron dorados de barbacoa, mojados de con Lalo, pero la mugre se impregnó en la mano, el apetito se satisfizo, la sangre corrió de la cabeza al estómago. Ya rotas las buenas costumbres me dije a mi cabrón: cabrón, vamos a fumarnos una manzana. Dicho y hecho. Le di fuego; así es como escribiendo estas líneas ando. Qué ganas de ir a tocar tambores a Pinar. Compadre, ¿vamos?